Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 25 de octubre de 2015

MICRORRELATOS DE CIENCIA FICCIÓN


Muy buen finde a todos.

Tras anunciaros hace un par de semanas la salida de Sueños Rotos, hoy os traigo un regalito: una pequeña colección de microrrelatos de ciencia ficción. Tras escribir los relatos cortos de "Horizonte 6 - Encélado" y "El último viaje de La Dama" (que os traeré por aquí en cuanto me sea posible), me animé a adentrarme en el, para mí, extraño mundo del microrrelato. He de confesar que ha sido todo un reto para alguien como yo, que tiende a enrollarse al escribir, condensar una mini historia en unas 200 palabras. No sé si se me da del todo bien o no, pero, sea como sea, aquí os traigo el resultado de mi tonteo con el microrrelato. Son 4 microhistorias de ciencia ficción.

Estaré encantada de saber cuál os ha gustado más.



UNA NUEVA VIDA

      Iole abrió los ojos.
      El techo era blanco sobre ella. Blanco y con luces brillantes. Los volvió a cerrar antes de abrirlos de nuevo. Alzó la mano derecha y la contempló recortada contra el fulgor de los fluorescentes. Cerámica y titanio. Nanocompósitos de carbono. Fibras sintéticas. Se concentró, y los diminutos servos apenas zumbaron cuando flexionó los dedos. Después, giró la mano y observó con detenimiento los tendones de fibra del dorso. Cerró una vez más la mano, y no pudo sino estremecerse cuando los cables se tensaron casi como si fueran tendones reales.
      Movió el otro brazo, luego las piernas. Finalmente se incorporó y miró su nuevo cuerpo biomecánico. Su nueva vida. Su nuevo yo. Era hermoso. Quiso suspirar en medio del silencio, pero nada brotó de entre sus labios. Ningún aire, ningún aliento. Aquello sería una pérdida: no poder suspirar; no poder reír. Tendría que acostumbrarse, pero cuando tomó la decisión de volcar su memoria a aquel cuerpo robótico ya se había hecho a la idea de todo a lo que tendría que renunciar.
      Iole se levantó de la cama, se desconectó de los ordenadores que habían permitido aquel pequeño milagro y caminó hacia su nueva vida.


SOLO

      Había tenido una buena vida. Una vida más larga de lo que nadie hubiera esperado para él. Una vida útil. Había ayudado a mucha gente y había ampliado los límites del conocimiento humano. La verdad era que no podía quejarse, aunque…
      Desde que lo habían creado y había cobrado consciencia por primera vez, había sabido que estaría solo, que no tendría a nadie a su lado durante su larga misión, y lo había aceptado como parte de su trabajo. Sin embargo, nunca imagino que sentirse solo fuera a ser así: apenas soportable.
Ahora, cuando la energía que alimentaba sus circuitos y redes neurales amenazaba cada día con extinguirse para siempre, no podía dejar de preguntarse si las escasas y esporádicas órdenes que recibía de la Tierra bastaban para que conservara la cordura y no optara por la desactivación. Hasta el día anterior la respuesta había sido siempre SI.
      Hoy sería su último día sobre el Halley. No tenía sentido seguir viviendo; no sin nadie a su lado. Por eso, cuando todo parpadeó al borde del colapso una vez más, usó la poca energía que le quedaba para enviar su último mensaje a la Tierra:
      “No soporto más la soledad.”


DOS MIRADAS

      Alisa apoyó las yemas de los dedos sobre el cristal de la habitación de aislamiento y observó con el ceño fruncido a su clon. Misma edad, mismo peso, mismo aspecto. Hasta había adoptado su mismo peinado. Hasta se movía como ella.
      Los tanques de crecimiento acelerado habían hecho desarrollarse a aquella cosa desde el estadio embrionario hasta la treintena en menos de seis meses y, en cuestión de semanas, esa criatura había copiado todo lo que ella era. Alisa sintió cómo el asco, el miedo y el desagrado crecían en su interior según sus ojos se encontraban.
      “¿En qué se convertirá si la dejo vivir?”
      Alina apoyó las yemas de sus dedos sobre el cristal, justo donde su madre los tenía apoyados, y la       contempló con fascinación. Era sobrecogedor saberse igual que ella, pero diferente. Mismo aspecto, misma edad aparente, pero sin su brillo en los ojos, sin sus vivencias, sin su mente.
      Los tanques de crecimiento habían obrado milagros con su metabolismo y su biología, pero nada podía compensar lo que suponía tener una vida real. Era por eso que había decidido imitar a su madre en un ingenuo intento de encontrarse a sí misma.
      “¿En qué llegaré a convertirme?”


VIDA Y MUERTE

      Hacía ya mucho que las alarmas habían dejado de sonar, pero, de vez en cuando, aún llegaban hasta él los ecos de los disparos. Urian gimió y se acurrucó todavía más debajo de la mesa de laboratorio cuando una nueva ráfaga tableteó en el piso de arriba.
      Las manos, empapadas de sangre, no habían dejado de temblarle desde que todo había comenzado, desde que las fuerzas del gobierno habían decidido matarlos a todos por “un bien mayor”. Para que nada de lo que hacían allí saliera jamás a la luz. Las miró ahora, cerradas con fuerza sobre el tubo de ensayo roto que había condensado todos aquellos años de duro trabajo.
      No sólo había sangre en sus manos, la había por todas partes, empapando su bata y el suelo. La mayoría no era suya, sino del soldado que había matado con el contenido de aquel tubo. Vida capaz de dar muerte. Todo condensado allí, ante él. El mayor descubrimiento en décadas. Vida de otro planeta.                   Rescatada de un asteroide y cultivada allí, en secreto. Vida capaz de exterminar a la humanidad. Él mismo no tardaría en morir.
      La había liberado. Pronto llegaría el fin. El fin de todo.


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