Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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miércoles, 31 de diciembre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOCTAVO (Parte 1/4) - Un alma, un dragón

 

          El sol brillaba alto sobre el firmamento de profundo color azul en el que finos retazos de nubes se desplazaban con rapidez en dirección sorn, proyectando sus débiles sombras sobre las colinas y cañadas que se extendían ante ellos. Los bosquecillos se habían hecho más abundantes según avanzaban hacia el Norn y dejaban poco a poco atrás las amplias llanuras azotadas por el viento. Esa misma mañana, habían cruzado las tierras altas de los Lagos de Filsa y el terreno se había vuelto más rocoso y abrupto, salpicado de pequeñas quebradas y farallones de piedra color ceniza. Muy pronto tendrían que bajar el ritmo de marcha y conformarse con seguir avanzando al trote. Claro que, sus perseguidores las mismas dificultades y eso les permitiría por fin empezar a ocultar sus huellas. Al menos eso era lo que Ledren esperaba.

          A Frodrith, sin embargo, aquello no le representaba alivio alguno. No cuando unos días atrás densas nubes de humo se habían elevado hacia el cielo a su espalda, desde el otro lado del Agrelle, seguramente desde la misma población por la que ellos habían cruzado su cauce. No cuando Ledren había continuado insistiendo en que debían seguir adelante sin apenas descansar, cada vez más y más irascible.
          No cuando la mano izquierda le temblaba de la fuerza con que asía la daga, mientras una parte de él luchaba por no clavársela al eorniano en el cuello para alimentarse de su sangre. La otra parte, esa que a cada paso que los acercaba al Norn se iba haciendo más y más poderosa, se veía en cambio desbordada por el ansia y el deseo. Podía sentir el calor de Ledren a través de la gruesa capa de lana, podía sentir el torrente de su sangre palpitando bajo la piel del cuello. Y el olor. Aquel olor fuerte y penetrante que lo embriagaba con cada trabajosa inspiración y que también percibía en su hermana y en Derlan… y también hacia el Norn.
          Respirando entrecortadamente, intentó aplacar una vez más la presión que sentía detrás de los ojos y en el fondo de sus pensamientos y que amenazaba con volverle loco, pero no podía dejar de pensar en ello, en la sangre, en su sabor, en la calidez que llenaría su boca y que resbalaría sobre su mano. Ya ni siquiera el dolor de la herida bastaba para permitirle pensar, para mantener aquel torrente a raya. Se estaba ahogando, perdiéndose a sí mismo.
          —Morir… sólo… morir —alcanzó a articular en un susurro, el sudor resbalándole por la frente, empapando sus cabellos y picándole en los ojos—. Mo… rir.
          Apretó los dientes, y con todo el cuerpo sacudido por un fuerte espasmo, volvió la daga hacia su propio vientre en el mismo instante en que la luz del sol estallaba ante sus ojos, llenándolo de candente dolor y arrasándolo todo a su paso. Todo cuanto él era, todo cuanto pensaba que era, ardió en su interior convirtiéndose en restos calcinados y cenizas. Quiso gritar, pero ningún sonido brotó de sus cuarteados labios… y de pronto todo cesó.
          Había alguien a su lado, una presencia oscura y silenciosa que miraba en su misma dirección, al igual que él, incapaz de moverse. Reconoció a Zaryll y pudo sentir cómo el miedo que desprendía palpitaba contra su piel. Sin embargo, el mago negro carecía de importancia alguna ante el fulgor que ambos tenían ante sí. El mismo fulgor que había percibido en Ledren, Derlan y su hermana durante la muerte de Agdrasyn. Sólo que ahora procedía de una joven no mucho mayor que él y que parecía estar muriendo ante sus ojos, apagándose como la luz de una vela. Llevaba el cabello rubio ceniza muy corto y la sangre brotaba de su cuello en lentos borbotones, rojo sobre blanco, blanco entre el rojo. Sus ojos, del color de las primeras hojas de los árboles en primavera, comenzaron a nublarse mientras caía hacia atrás, alejándose de él.
          Siguiendo un súbito impulso que fue incapaz de explicar, alargó su consciencia hacia ella y una oleada de dolor invadió su cuerpo en cuanto sus almas, sus mentes, se tocaron. Había luz y había oscuridad y miedo. Y algo en su interior que le susurró que la chica tenía que vivir porque… porque… El resto de los pensamientos se escurrieron como la arena por entre sus dedos mientras algo tiraba de él hacia atrás, alejándolo de la chica de cabellos casi blancos a la que nunca había tenido forma alguna de ayudar.


          La primera inhalación le llenó los pulmones y la espalda de dolor. Tosió y abrió los ojos en medio de una bruma de lágrimas que le hicieron ver todo borroso. Se giró hacia un lado, con un gemido apenas audible, cuando una arcada sacudió sus entrañas, enviando nuevos espasmos de fuego por todo su cuerpo. Escuchó maldecir a Ledren, mientras una nueva arcada volvía a hacerle doblarse sobre sí mismo, pero no había nada en su estómago, sólo bilis que resbaló por la comisura de sus labios antes de caer al frío suelo. Su hermana y Derlan gritaban en la lejanía. Trató de volverse hacia allí, pero apenas si tenía fuerzas para mantener los ojos abiertos, mucho menos para moverse. Las punzadas en sus costillas tampoco ayudaban, de modo que se quedó tendido en posición fetal, rogando a todos los dioses porque el dolor se desvaneciera cuanto antes.
          No sabía qué era lo que había pasado, pero al menos ya no podía sentir el ansia de sangre que lo había acompañado durante tanto tiempo. Se había desvanecido, como el vago recuerdo de una pesadilla que se diluye al amanecer. A su alrededor sólo había un denso olor a barro y hierba pisoteada que calmaba sus sentidos.
          Cerró con fuerza los ojos y se concentró, pero tampoco pudo percibir ya rastro alguno de Zaryll. Sin embargo, allí, al borde mismo de su mente, estaba la chica que no debía morir. Su rastro parecía grabado a fuego en su interior, incitándolo ahora a ir a su encuentro, hacia el Norn, hacia los bosques de Yshaunn.
          —¡Dioses! ¡Dioses! —la preocupada voz de su hermana le obligó intentar una vez más girar sobre sí mismo en medio del punzante dolor de su cuerpo.
          Tragó saliva y acre sabor de la bilis estuvo a punto de provocarle otra arcada. Con un jadeo entrecortado, abrió los ojos una vez más, para ver a su hermana correr hacia él seguida de Derlan. Ledren ya se había arrodillado a su lado y comenzaba a palpar sus sienes y su costado. Un nuevo espasmo de fuego le recorrió en las entrañas, haciéndole gemir y revolverse en el suelo.
          —Tranquilo, tranquilo… te has caído del caballo. ¿Estás bien? ¿Cómo te encuentras? Si te sentías mal ¿por qué no me lo has dicho? —balbuceó atropellándose casi con cada frase y apartando las manos—. La herida no se le ha abierto —añadió de cara a Diedrith y Derlan—. ¡Maldita sea, Frodrith! ¡Te hemos dicho que…!
          —Al Norn —susurró, interrumpiéndole con brusquedad, tratando de incorporarse sin éxito. No quería dar explicaciones, no había tiempo para ellas, tampoco quería contarles lo que… Sacudió la cabeza—. Debemos ir al Norn —añadió con voz más firme.
          —No vamos a ir a ninguna parte hasta que te encuentres mejor —le recriminó Diedrith, colocando una helada mano sobre su frente al tiempo que se arrodillaba junto a él—. No parece que tengas fiebre pero tampoco tienes buen aspecto. ¿Qué ha pasado, Fro? Y no —replicó cuando su hermano hizo ademán de volver a incorporarse, empujándolo de nuevo contra el suelo—, no te vas a mover hasta que no me cuentes qué te pasa —sus ojos se desviaron fugazmente hacia la daga que había caída en el suelo a su lado—. Llevas días raro, y empiezo a pensar que no es sólo la herida o la fiebre. ¡Te acabas de caer del caballo, en nombre de los Dioses! ¿Y qué hace la daga ahí?
          Frodrith la miró con expresión culpable y tragó saliva, sintiéndose de pronto muy cansado y ardientes lágrimas inundaron sus ojos al tiempo que un agudo dolor le cerraba la garganta.
          —Déjale, Diedrith, creo que sólo es el golpe —intervino Derlan, agachándose para recoger la daga y tendérsela tras darle la vuelta—. Una caída así puede romperte hasta las costillas. ¿Te duele al respirar, Frodrith?
          —No, Derlan —la muchacha se giró para mirar al eorniano a la cara—. Le pasa algo, le conozco. Fro… —continuó volviéndose de nuevo hacia él—, estás raro. Desde el Agrelle es peor… pero —se mordió los labios—. Apenas has hablado los últimos días. ¿Me estás ocultando algo?
          El muchacho negó, luego asintió y luego algo pareció romperse en su interior y las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, metiéndosele en las orejas. Trató de sentarse, estremecido por un sollozo, pero su hermana se lo impidió una vez más, súbitamente angustiada.
          —No… sí… —boqueó en busca de aire y se volvió a ovillar sobre sí mismo en el húmedo suelo, incapaz de soportar la expresion de los ojos de su hermana, ni el ceño fruncido de Ledren—. Ha muerto… ha muerto el último Espectro. Al Norn de aquí. Y… y hace… días que está en mi… mente, que sien… —tomó aire de forma convulsa, forzándose a confesar pese a la vergüenza y al miedo— que siento lo que él siente… todo el tiempo, su ansia, su… hambre…
          El silencio que se hizo a su alrededor lo hizo estremecer. Ni siquiera pudo oírlos respirar durante un largo rato. Luego Derlan exhaló con incredulidad y Ledren pareció maldecir.
          —¡Oh, Dioses! ¡Oh, Dioses! ¡Frodrith! —se horrorizó Diedrith, alargando una mano para buscar las de su hermano; pero antes de que pudiera asirlas, éste rebulló y se incorporó con brusquedad, intentando alejarse de ella.
          —Y cada vez era peor, ¿vale? —le espetó, incapaz de seguir guardando en su interior todo aquello por más tiempo, mirándola fijamente, el rostro arrebolado por la angustia—. Cada día peor que el anterior. ¡Dentro de mi cabeza! Haciéndome pensar… cosas malas, cosas con sangre…
          —¿Cuántos días? —le cortó Ledren con tono gélido.
          —¿Qué? —Frodrith se volvió hacia el eorniano, para encontrarse con su rostro carente por completo de expresión.
          —¿Que cuántos días hace que te pasa? —escupió entre dientes—. ¿Cuántos días llevas ocultándonoslo? ¿Cuándo pensabas decirlo?
          La fría ira que rezumaban las palabras de Ledren hizo que Derlan diera un par de pasos en su dirección, con los labios entreabiertos en un mudo reproche, pero Frodrith se le adelantó.
          —Desde que matamos al otro Espectro —musitó.
          —¡Malditos sean los Dioses! ¡Mierda! —exclamó Ledren, poniéndose bruscamente en pie para luego darle la espalda—. ¿¡Por…!?
          —¿Por qué lo has hecho, Frodrith? —Diedrith se acercó a su hermano otra vez y volvió a intentar agarrarle las manos. Ésta vez el muchacho se lo permitió, pero apartó la mirada avergonzado—. ¿Por qué no me lo has… no nos lo has contado antes? Podríamos…
          —¿Haberme ayudado? ¡Cómo si hubierais podido hacer algo! —la voz se le quebró en un nuevo sollozo—. ¡Estaba en mi cabeza, Di! ¡Dentro de mi cabeza! Sentía sus ganas de matarnos a todos. Sus ganas de matarlo todo. ¡Una noche casi mato a…! —apretó los dientes, interrumpiéndose a media frase y sacudió la cabeza con angustia—. Me abrí la herida para no hacerlo —confesó tras un largo y atroz silencio—. El dolor me ayudó y… no sabía si… no…
          —Por… por eso no… te curabas.
          —¿¡Es que eres estúpido!? —gritó Ledren, encarándolo de nuevo, el rostro congestionado por la furia—. ¿¡Qué te pasaba por la cabeza!? ¿¡En qué… mierda estabas pensando!? ¡Nos has puesto a todos en peligro! Y todo ¿por qué, eh, por qué? ¿A quién de nosotros estuviste a punto de matar? ¿A tu hermana? ¿A Derlan? ¿A mí? ¿Qué hubieras hecho entonces? —cuando la mano de Derlan se posó sobre su hombro, la apartó de un fuerte golpe y lo fulminó con la mirada—. ¡Déjame! ¡Quiero que responda! ¿Es que no lo ves? ¿Es que no podéis ver lo que ha hecho?
          Frodrith apartó la vista y se encogió sobre sí mismo.
          —A Derlan —acabó por contestar—. Lo… lo siento. No sé por qué no os lo dije al principio y luego no supe cómo hacerlo. Creo que tenía miedo —con un espasmódico temblor alzó una mano para apartarse el cabello de los ojos y mirar a su amigo con tristeza. Vio dolor e incredulidad en su rostro y fue incapaz de seguir sosteniéndole la mirada. Ni siquiera fue capaz de buscar apoyo en su hermana, que permanecía tensa como la cuerda de un arco a su lado—. Tendría que habéroslo dicho, lo sé, pero no lo hice y no sé por qué. Lo siento, lo siento.
          —Y hace un rato ibas a abrirte de nuevo la herida —la voz de Derlan pareció llegar de muy lejos. No era una pregunta.
          —Sí —mintió y tragó saliva, con la vista todavía clavada en el suelo—. No sabía qué más hacer, no quería haceros daño pero… —sacudió de nuevo la cabeza, tratando de recomponerse pese a la hosca presencia de Ledren sobre él y a su hermana que parecía casi a punto de echarse a llorar—, cada vez era más fuerte y, desde ayer, podía sentir cómo el Espectro se acercaba a algo, a alguien, y temía volverme loco. No sabía qué más hacer —añadió con más firmeza de la que sentía.
          —Y contárnoslo no te pareció una buena opción, ¿verdad? Pedir ayuda no entraba dentro de… —le espetó Ledren.
          —¿Cuántas veces tengo que decir que lo siento? —Frodrith alzó el rostro furioso, las mejillas rojas de la vergüenza y las manos temblándole en el regazo—. Fue una mala idea, fue una tontería. Ya lo sé, ya lo sé. Pero… por favor… tenemos que ir al Norn. No, no —añadió, recorriendo sus rostros uno a uno, rogando que le escucharan—, ya no siento lo de antes, ya no es el Espectro, eso es lo que quería deciros antes. Tenemos que ir al sitio donde ha muerto Neimhalyn. Allí hay una chica de nuestra edad, Di —se giró hacia su hermana, en busca de un apoyo que sabía esta vez le costaría encontrar—, una chica a la que el Espectro estaba cazando. Es rubia y de ojos verdes, la vi a través de los ojos del Espectro, y huele como nosotros y brilla como nosotros. Nos vi… —tragó saliva—, brillar así a todos cuando matamos a Agdrasyn. Zaryll también lo sabe, creo, estaba allí, conmigo, viéndolo todo cuando los dos Espectros murieron. Yo… creo que tiene la misma marca que nosotros.
          Derlan sacudió la cabeza y se acuclilló a su lado, para mirarlo a los ojos.
          —¿Estás seguro de eso? —inquirió con curiosidad—. ¿De que la chica esa tiene la misma marca? Eso significa que somos cinco —susurró, dejando escapar el aire entre los dientes con asombro.
          —Sí, vale, muy bien —intervino Ledren con frialdad, alzando una mano en un gesto que hizo callar a su amigo—. Pero ¿qué es eso que dices de Zaryll? No me digas que tampoco se te había ocurrido contarnos que también sentías a ese bastardo. ¿Cuántas cosas más nos estás ocultando, Frodrith?
          —¿Quieres dejar de acosarlo? —gritó Diedrith de pronto, alzando la voz por encima de la del eorniano, que enmudeció de golpe para mirarla de hito en hito—. Mi hermano ha sido un completo imbécil, estoy de acuerdo, pero por mucho que te enfades no lo vas a arreglar. Dime, Fro, ¿Tiene Ledren razón? ¿Nos has ocultado más cosas? —añadió en un dolido susurró alzando una mano para asir la barbilla de su hermano con dedos de hierro y obligarlo a volverse hacia ella.
          —Nada más, Di, de verdad. Lo de Zaryll es verdad, pero no hay nada más, lo juro. Es, era… complicado —trató de apartar la mirada, pero Diedrith no se lo permitió—. Creo que estaba unido a los Espectros, pero no sé si como yo o de forma diferente. Reconocí que era él cuando nos vimos después de matar al Espectro del pantano, o más bien supe que era él porque entré en su mente. Así fue como me enteré de que había liberado a Neimhalyn de Lotä.
          —Y nosotros no te preguntamos nada —Derlan echó la cabeza hacia atrás con un suspiro, para contemplar las nubes que se desplazaban por el cielo, ora oscureciendo el sol, ora dejando que sus rayos caldearan la tierra—. ¿Por qué no lo hicimos?
          —Tampoco sé si os hubiera respondido —señaló Frodrith con amargura—. Pero ahora da lo mismo, no se puede arreglar. Sólo puedo decir que lo siento una vez más —hizo una pausa y apartó la mano de Diedrith de su rostro pero no la soltó, sino que la retuvo entre las suyas—. A Zaryll no lo sentía como al Espectro, sino más lejos y sólo cuando me concentraba mucho y lo buscaba. A veces sentía sus emociones si eran muy fuertes, como cuando tenía miedo o lo dominaba la rabia. No creo que él… —inhaló y dejó escapar el aire lentamente por entre los labios—, no creo que él pudiera sentirme a mí, ni saber dónde estamos ni qué hacemos. Creo que él sólo me vio ese día, como ha visto hoy a la chica rubia. Hoy ni siquiera se ha dado cuenta de mi presencia.
          Frodrith bajó la vista y guardó silencio largo rato mientras el viento susurraba sobre las colinas y agitaba las hojas caídas bajo las desnudas copas de los árboles.
          —Os lo dije —resopló Ledren, dándose un leve golpe en el hombro en que tenía la marca de nacimiento—. Os dije que esto no tenía ninguna relación con los Espectros, sino con Zaryll. Todo nos lleva a Zaryll. Es a él a quien tenemos que matar. ¡Os dije que arriesgábamos nuestras vidas por nada!
          —Hemos salvado vidas, Ledren —objetó Derlan, pero el otro eorniano sacudió molesto la cabeza.
          —En Lecig puedo entenderlo, pero ¿en esas malditas ruinas del pantano? —volvió a negar con un chasquido de labios—. Da igual, no importa. Ahora están todos muertos, todo ha acabado. No tenemos por qué seguir adelante con esta tontería. Además, a este último ni siquiera lo hemos tenido que matar nosotros. Eso demuestra que no tiene nada que ver con la maldita marca que tenemos.
          —Pero… —intervino Frodrith—, esa chica también la tiene…
          —Esa es tu opinión, ni siquiera la has visto.
          Frodrith entrecerró los ojos y se puso en pie con dificultad, la espalda aún dolorida por la caída del caballo, y encaró a Ledren apretando los dientes. Su hermana hizo ademán de impedírselo pero se acabó por levantar también y le asió del brazo cuando se tambaleó hacia un lado, a punto de caer.
          —El Espectro estaba cazando a esa chica porque olía como nosotros, Ledren, podía sentirlo claramente. Además, podrá parecer una estupidez, pero he notado algo al verla, como un vínculo, la sensación de que no debía morir, de que era importante. No sé cómo explicarlo siquiera. Por eso digo que tenemos que ir al Norn, a su encuentro. Necesitamos…
          —No, no pienso permitir que nos retrasemos más, se acabó perder el tiempo a la caza de tus corazonadas o visiones o lo que sean. Esa tontería de los Espectros ya se ha acabado. —Ledren se dio la vuelta para asir las riendas de Shart, antes de encararlos de nuevo—. Ya os imagináis lo que pasó en el Agrelle, ¿verdad? Visteis las columnas de humo igual que las vi yo. Los elfos negros todavía siguen ahí detrás, intentando matarnos. Esta vez no me vais a convencer de empezar a dar vueltas por las montañas, en busca de una mujer que puede que ni siquiera esté allí.
          Con un súbito arranque de rabia, Frodrith se desasió de Diedrith y dio un paso al frente, ignorando la queda protesta entre dientes de su hermana.
          —¡Sé dónde está esa chica! No daríamos vueltas sin más. Está cerca, al Norn de aquí, en unas ruinas al lado de un río, sólo tenemos que mirar en el mapa de Derlan y…
          —Sigue siendo una pésima idea, Frodrith. Unas ruinas al lado de un río… ¡Puede haber decenas de ellas en las montañas!
          —Está a menos de dos días de aquí, Ledren, menos de dos días, ¿me estás escuchando siquiera? Está herida, puede que se esté muriendo, necesita…
          —¿Y nosotros… no, tú eres su salvador? ¿Su héroe?
          Derlan se interpuso entre ambos, el rostro muy serio, tras ponerse lentamente en pie y sacudir los pegotes de hierba de sus pantalones.
          —Dejad de discutir. Estoy cansado de que no dejéis de pelearos entre vosotros. Estoy cansado de huir, Ledren. No —alzó una mano cuando su amigo se disponía a protestar—, no digo que no tengas razón. Y no me repitas lo que viste en Eshainne otra vez, ya sé que he perdido a mi familia y no es que no tenga miedo de los elfos negros —tomó aire—, pero nada de eso nos da derecho a despreciar la vida de los demás.
          —La marca que tenemos tampoco —intervino Diedrith en voz baja, situándose al lado de Frodrith—. Ninguno de nosotros sabemos lo que significa. Tú piensas que es Zaryll y nosotros que eran los Espectros, pero creo que ahora eso da igual. Da igual, porque, según lo que ha dicho mi hermano, todo podría estar relacionado. Y la chica esa también parece estarlo. Para mí es suficiente.
          Derlan asintió en silencio y Ledren los miró de uno en uno, la incredulidad reflejada en el semblante.
          —Lo que estáis diciendo es una locura. ¿Os estáis escuchando? —alzó una mano ante ellos—. Vale, reconozco que los Espectros puedan pensar que la chica esa es como nosotros y que Zaryll también podría estar implicado, pero no son más que suposiciones basadas en visiones de alguien que nos ha estado mintiendo durante días —Frodrith se encogió como si lo hubieran golpeado y Diedrith arrugó los labios de una mueca de dolor, pero no fue capaz de contradecir aquellas palabras. Derlan se limitó a mirar a su amigo sacudiendo la cabeza en silencio con tristeza—. Por no mencionar que estaríamos poniendo nuestra vida en juego por alguien a quien ni siquiera conocemos. Lo siento, pero no contéis conmigo para ir a buscarla. Iremos hacia el Norn, de acuerdo, ese es el camino a Nardis; pero cuando queráis separaros para ir a buscarla —hizo una pausa y miró a Derlan fijamente a los ojos—, yo tomaré un camino diferente.


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