Historia

Las Guerras de Bakán es una novela de fantasía en la que he estado trabajando durante muchos años. La primera parte lleva por título "Sueños de Dragón". Espero que disfrutéis vosotros leyéndola tanto como yo escribiéndola.

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domingo, 26 de octubre de 2014

CAPÍTULO VIGESIMOSÉPTIMO (Parte 1/4) - Una senda de sangre


          Trión tiró de las riendas de su corcel y sacudió la cabeza con pesar al contemplar el valle de Nardis mientras un tenso suspiro escapaba por entre sus labios. El ejército marchaba a su lado, sobrepasando la última curva del empinado camino flanqueado de pinos, y adentrándose en la enlodada planicie salpicada de parches de hierba amarillenta. Todos, sin excepción, hacían un alto al llegar a donde él se encontraba. La mayoría mascullaba alguna maldición, otros se limitaban a encomendarse a los Dioses. Algunos, como él, solamente guardaban silencio.

          La visión de los túmulos, que se extendían en pulcras hileras a lo largo del cauce del río, hasta casi llegar a la zona pantanosa que quedaba ahora a su diestra, no resultaba ni agradable ni esperanzadora. Muchos ni siquiera estaban cubiertos por piedras, no eran sino montículos anodinos de tierra removida, señalizados tan sólo por alguna rama o pedazo de musgo o retazo de tela que aleteaba al viento. Eran más de los que se podían contar a simple vista. Muchos más. Muchos más de los esperados, también.
          El bosque había sido talado más allá, no dejando sino una yerma extensión de tocones y hierba pisoteada, mudos restos de trabajo realizado para construir la pequeña empalizada que la avanzadilla había levantado en torno al campamento, del otro lado del río. Si querían atacarlos ahora, no sólo tendrían que cruzar primero el arroyo sino también sobrepasar aquella otra precaria defensa. Muy pronto tendrían que ampliarlas, pero por ahora el humo de las hogueras se alzaba sobre los troncos desbrozados hacia un cielo gris y encapotado que anunciaba tormenta.
          El mensajero que había llegado unos días atrás, enviado después de que los sanadores de Trión se instalaran allí, ya les había informado de la delicada situación, pero era muy diferente verlo de primera mano. Lo que en el informe no habían sido sino números de bajas, cobraba en aquellas filas de tumbas anónimas, en el pequeño grupo de soldados que cavaba en esos momentos tres nuevas fosas, una nueva y aterradora dimensión. Cuando los primeros hombres del ejército habían aparecido sobre la loma, uno de ellos hasta los había ovacionado durante un breve instante, para luego sumirse en un taciturno silencio al darse cuenta de que ni sus compañeros ni los recién llegados se unían a él. No era una llegada feliz ni esperanzadora. No con aquel recordatorio de lo ocurrido a la vista de todos.
          El rey de Bakán desvió los ojos de los túmulos y el campamento para mirar hacia la izquierda donde, casi en el mismo centro del valle, se alzaba Nardis, negra e imponente, la piedra que conformaba la atalaya sobre la que se erguía salpicada de arbolillos y musgo y penachos de hierba que se agitaban con el cortante viento que descendía del Norn. Un nuevo suspiro escapó de sus labios. Allí estaban, habían llegado a su destino. Pero no era ni alivio ni odio ni rabia lo que sentía, sino tensión y temor.
          Un relincho hendió el aire y resonó contra las montañas, alzando ecos por todo el valle, por encima incluso del tintineo de los arreos, el crujido de las ruedas de los carros y el chapoteo del ejército en el terreno embarrado. Trión apartó a regañadientes la vista de la alta fortaleza para encontrarse con un jinete alto y robusto, de rizada barba y rubia melena, que cabalgaba hacia él procedente de la entrada de la empalizada.
          —Ar Daranelle —comentó Lauden deteniéndose a su lado, tras rebasar la última pendiente.
          El rey le miró de reojo y asintió.
          —En persona. Parece bien de salud.
          Lauden resopló a medio camino de una carcajada y se frotó la barba de más de una semana que le cubría las mejillas.
          —Ni todo el veneno del mundo podrían con él, majestad. Es el hueso más duro de roer que he visto en mi vida. Antes moriríamos vos y yo que él coger un simple resfriado.
          —En eso he de daros la razón —muy a su pesar, y sintiéndose culpable por ello, Trión dejó escapar una queda risa entre dientes—. Id a hablar con él, Lauden. Informadle de lo que encontramos entre los seguidores y de las medidas que hemos tomado al respecto, que luego prepare una tienda para que podamos reunirnos en la zona más segura del campamento.
          Ar Almenein asintió y espoleó a su montura al encuentro del otro hombre, dejando solo a Trión con sus sombríos pensamientos.
          Lo que habían descubierto, después de algo más de una semana de pesquisas entre los seguidores del ejército, no había resultado del todo inesperado y mucho menos agradable. Los hombres que Lauden enviara a investigar no habían tardado demasiado en volver con malas noticias. Además del habitual mercado negro, habían encontrado a un pequeño grupo de seguidores de la casa Yenner provistos de uniformes de varias casas nobles, robados probablemente a las lavanderas, y armas sustraídas al ejército. Desde ese momento, Trión había ordenado que un pequeño grupo de soldados protegiera siempre a las mujeres cuando iban a lavar y que estuvieran especialmente atentos a cualquier pieza de ropa que pudiera escaparse corriente abajo. Dilucidar cómo habían llegado las armas a manos de los traidores iba a resultar, sin duda, más complicado y no sólo atribuible al mercado negro. Pero ya había dado orden de que investigaran con discreción toda la estructura de intendencia del ejército. Ahora sólo quedaba esperar a ver los resultados.
          En cuanto a los hombres de la casa Yenner, los habían ajusticiado en público tras un juicio rápido e inmisericorde, después de que confesaran bajo tortura. Habían reconocido haber sido ellos los responsables de infiltrar a hombres de Zaryll en el campamento principal. Hombres con el blasón de la flor de lis pero con los arreos de los caballos decorados con el fénix de la casa Saharey. Ese emblema, depositado sobre su mesa en medio de la noche por Laugan, había confirmado la traición que ambos temían desde hacía ya mucho tiempo. Nargor nunca había enviado tropas a unirse a él, se había excusado, una y otra vez, en bandidaje y revueltas de los hombres del norte en sus tierras, revueltas que ahora sospechaban estaría instigando él mismo desde tiempo atrás. Eso implicaba que Saharey y Lunn —junto a sus casas vasallas, sin lugar a dudas—, brindaban apoyo a Zaryll. Londar había sido mucho menos sutil que Nargor en sus múltiples excusas y casi medio reino había visto a sus tropas avanzar hacia el Norn tras la traición del mago negro. Hasta el último momento, había mantenido la farsa de que enviaba aquellos hombres en ayuda de Trión. Nadie había sido testigo de las de Nargor haciendo lo propio.
          Trión apretó las mandíbulas y sus manos se tensaron sobre las riendas haciendo que su caballo caracoleara. No, no había sido un asunto agradable. En lo más mínimo. Recordaba los gritos de los hombres que había ordenado matar suplicando clemencia, rogando por el perdón, algo que él no podía en modo alguno permitirse; no con gente de aquella calaña, desde luego. No con traidores a su reino y a su rey, dispuestos a venderse por unas monedas o prebendas de cualquier otro tipo.
          Con el ceño fruncido, intentando apartar de su mente esos insidiosos recuerdos, echó la cabeza hacia atrás todo lo que pudo en un vano intento de contemplar la fortaleza que se encumbraba sobre el valle, cerniendo su sombra sobre él. Allí arriba, en algún lugar, fuera de su alcance, se encontraba Zaryll, protegido por sus elfos negros, por los traidores y por ahs y ahs de distancia infranqueable.
          «Tendré que encontrar una forma de sacar a esa rata de su escondrijo —reflexionó, entrecerrando los ojos que comenzaron a lagrimearle por el fuerte viento—. Pero aún tengo tiempo, al menos hasta que las nieves cierren los pasos. Al menos hasta entonces.»
          Chasqueó los labios y volvió a contemplar cómo el ejército discurría a su lado, y cómo todos hacían una pausa en su avance al ver por primera vez las tumbas que perlaban la entrada al valle de Nardis.


          —Estáis tenso, Trión —susurró Areshienne, acurrucándose al lado de su esposo en el pequeño catre de la tienda que compartían.
          Lo notaba respirar de modo pesado, lento, mas los músculos de sus hombros y costado permanecían tirantes como cuerdas de arco, duros al tacto. Le oyó gruñir por lo bajo y el grave sonido reverberó en su caja torácica como un lejano trueno. Su enorme mano se cerró sobre la suya, delicada y reconfortante, y sus ásperos dedos le acariciaron los huesos de la muñeca con suavidad.
          —¿Tan malo ha sido? —le preguntó con voz queda.
          —Peor —suspiró el rey y rebulló con incomodidad, haciendo crujir la cama de modo ominoso. Su olor, dulce y familiar, llenó sus fosas nasales, colmándola de paz—. No lo habéis visto, Areshienne. Sentíos afortunada por ello.
          —Mis doncellas me lo han contado. Con todo lujo de detalles, he de decir. Son mis ojos ahí fuera —la reina sonrío con tristeza y alzó el rostro para hundir sus labios en el hueco de la clavícula de Trión y depositar allí un suave beso. Notó como el hombre se estremecía y comenzaba a relajarse y su sonrisa se hizo más amplia en la oscuridad—. Aunque yo no lo desee. ¿Cómo están los hombres?
          —No peor que tras las ejecuciones. Pero creo que la moral comienza a flaquear. ¡Si tan sólo obtuviéramos una victoria de algún tipo! ¡Una mísera victoria! —exclamó, soltándola y dando un golpe sobre el armazón de madera de la cama—. Puede que entonces lo vieran todo de otro modo, pero no sé cómo dársela, no sé cómo ofrecérsela. No sé siquiera si puedo hacerlo.
          Trión inhaló profundamente y dejó escapar el aire de sus pulmones con lentitud. Areshienne le notó sacudir la cabeza.
          —Pero Nardis es casi inexpugnable. Lo único que podríamos hacer es derribar sus puertas y luego luchar por cada palmo de terreno en esa ratonera —hizo una larga pausa, tanto que la reina temió que no fuera a seguir hablando. Cuando lo hizo su voz estaba impregnada de dolor y resignación—. Hacerlo así sería condenarnos. Ellos conocen el terreno y notros apenas tenemos unos pocos planos de su interior. Sin duda, Zaryll habrá enseñado a sus hombres cada cámara y pasillo y escalera que usar en nuestra contra. ¡Esa maldita fortaleza! ¡Esos malditos magos que la eligieron como morada! Mis antepasados nunca tendrían que habérsela entregado. ¡Maldita sea! —escupió entre dientes—. Por mucho que guardara el paso al Norn, por mucho que ellos estuvieran más capacitados que nosotros para guardar la frontera de los elfos. ¡Tendríamos que haberla recuperado para la corona cuando alzaron la Prohibición y dejó de ser necesario vigilar los pasos! ¡Mirad lo que ha pasado ahora! Traición hasta entre ellos.
          Areshienne alzó una mano para acariciar la barbada mejilla de Trión y volvió a besarlo con suavidad. Entendía su frustración y su dolor, pero con tanto odio en su interior acabaría por enfermar.
          —¿No hay otra salida? ¿Un asedio?
          —Dudo incluso que podamos doblegarla con un asedio. Tendré que forzar a Zaryll a salir al valle, a combatir en campo abierto. Es la única solución.
          La joven reina se retrepó sobre el catre y besó de nuevo a su esposo, pero esta vez en los labios y con lentitud, obligándolo a guardar silencio. Hacía ya mucho que no lo tenía para ella, había permitido que se diera demasiado a sus hombres y al ejército que comandaba, y aquel era el resultado. Ahora lo quería para ella. Esa era la razón principal de que hubiera decido venir al Norn con él; Trión siempre había sido de esos hombres a los que les costaba relajarse, siempre pensando en el reino y en lo debía hacer en cada momento, en vez de en lo que más le convenía a su salud o a su mente. Ella era la que tenía que cuidar de aquellas pequeñas cosas por él. Sabía que su mera presencia a su lado le proporcionaba a Trión la estabilidad que necesitaba en momentos de duda y frustración como en el que ahora se encontraba.
          Se sintió arder por dentro cuando los labios de su esposo respondieron con mal disimulad ansia a su contacto.
          —Ahora debéis relajaros, mi señor. No se momento de preocuparse por cosas que no podéis solucionar desde la cama —sintiendo cómo sus largos cabellos resbalaban sobre su hombro y caían sobre el rostro del rey—. Deseo que me améis esta noche, Trión. Hace tiempo que no me prestáis la debida atención. Deseo que por esta noche seáis sólo mi esposo y no el rey de Bakán. Deseo que seáis sólo mío esta noche. ¿Me concederéis esa prebenda, ma…?
          Areshienne no llegó a terminar la frase antes de que Trión gruñera por lo bajo, la asiera con delicadeza por los hombros y la silenciara con un largo beso.
          —A vuestras órdenes, mi reina.


          La oscuridad la arropaba, ciñéndola en su cálido abrazo, con la suavidad de un manto de terciopelo y seda. Ningún sonido la perturbaba. Estaba soñando. Una vez más. Hyrthe le enviaba su don sin que ella fuera a ser capaz de interpretarlo; pero eso era algo con lo que ya había aprendido a vivir. No volvería a ser como aquellos primeros años de matrimonio con Trión, cuando se había visto desgarrada por su añoranza del Templo y su amor, azotada cada noche por premoniciones a las que no lograba ya encontrar sentido. Los sueños proféticos habían ido remitiendo con el tiempo, pero todavía la asaltaban de vez en cuando.
          Sintió cómo sus pies descalzos se hundían en algún líquido cálido y espeso que no parecía agua. Lo notó arremolinarse en torno a sus tobillos y lo sintió palpitar contra su piel al ritmo de una lenta y pesada respiración. Una lenta y pesada respiración que empezó a acariciar también sus brazos desnudos. Era tan leve, que no estaba del todo segura de estar sintiéndolo siquiera, más el recuerdo de un hálito que otra cosa.
Siguió caminando, y el líquido que vadeaba le llegó casi hasta las rodillas entorpeciendo su avance cada vez más. La palpitación se convirtió en un latido y la sensación en sus brazos en un aliento suave y cálido como la brisa de finales de primavera. Una luz mortecina comenzó a filtrarse desde las alturas, perfilando las sombras de plata y oro, de gris y rojo. Los detalles, imprecisos al inicio, no tardaron en hacerse más y más claros a cada paso que daba. El cálido líquido le llagaba ya a por encima de las rodillas.
          Bajó la vista y el respingo de horror que la sacudió estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio y caer en medio de aquel canal lleno de sangre en el que se encontraba. Porque era sangre. Sangre cálida y palpitante que fluía en la misma dirección en que avanzaba, latiendo al ritmo un gigantesco corazón que no alcanzaba a ver. Las manos comenzaron a temblarle y el pulso se le aceleró al tiempo que miraba a su alrededor, incapaz de evitarlo y deseando hacerlo y al mismo tiempo deseando despertar. Pero no era ella la que tenía el control. Pudo ver otro rebosante canal a su derecha y otro más a su izquierda, ambos excavados en la misma roca blanca e iridiscente que el suyo. Más allá pudo apreciar otros tres, pero estos estaban todavía vacíos e impolutos. Todos ellos confluían hacia el centro de algo que no alcanzaba a ver o precisar pero que podía sentir en su interior.
          Todavía. Aquella palabra se había filtrado en sus pensamientos de un modo que la perturbaba. Era inevitable. Ocurriría. Ya estaba ocurriendo. La sangre llenaría también los canales restantes y se derramaría sobre aquello que era el centro de todo.
          Sintiendo cómo el miedo crecía en brutales oleadas dentro de ella, se dio la vuelta, chapoteando, para contemplar el lugar del que procedía. Estaba sumido en fluctuantes sombras grises que nublaban sus sentidos, pero pudo entrever el nacimiento de la vía de sangre por la que caminaba. Allí había una figura postrada que parecía aullar de dolor, las manos sobre el rostro, encorvada hacia atrás, el rostro alzado hacia el inexistente cielo, mas ningún sonido podía alcanzarla. Las ardientes lágrimas de aquella persona, de aquel hombre, de aquella mujer, resbalaron sobre su piel pese a la distancia que los separaba. Pudo sentirlas con claridad en sus pechos y en sus propias mejillas, pese a que eran derramadas, no sobre ella, sino sobre la roca blanca y la sangre.
          Ella también quiso gritar y se giró para no contemplar durante más tiempo aquella silueta acuclillada en el suelo. Todo pareció moverse entonces a su alrededor y algo tiró de ella con fuerza hacia adelante, haciéndola sentirse mareada y enferma. Cerró los ojos, más no sirvió de nada.
          Los abrió de nuevo para encontrarse en el centro de todo, entre seis gigantescas colinas tapizadas de escamas de colores parecidas a las de las serpientes, pero del tamaño de las palmas de sus manos. Una de ellas, del color rojo de la sangre recién caída, se estremeció, la verde también lo hizo y la azul se unió a ellas mientras crecían y crecían, encumbrándose sobre su frágil cuerpo desnudo, amenazando con aplastarla. Aparecieron dientes y alas membranosas y brutales garras del tamaño de sus brazos y ella gritó y gritó, arrollada por el pánico, mientras el suelo se estremecía y temblaba y el aire mismo y su vida parecían vibrar como el cristal, a punto de romperse. Un ensordecedor rugido, en el que se mezclaban varias voces, ahogó todos sus sentidos hasta ofuscarla por completo. Aquel fragor ensordecedor fragmentó la piedra, astilló sus huesos, haciéndolo todo pedazos y sumiéndola en las tinieblas en medio del dolor.


          Areshienne despertó llorando en la oscuridad de la noche, con un alarido atascado en la garganta. ¡No podía ver! ¡No podía ver! ¡Alabados fueran los Dioses! Un profundo alivio recorrió su cuerpo en cálidas oleadas y apartó las mantas y pieles que la cubrían con brusquedad, mientras la otra mano palpaba sus piernas, alzando el camisón para poder tocar la piel. No había sangre, no había nada. Todo estaba seco y en calma. Trión dormía a su lado, roncando con suavidad, y más allá de la lona de la tienda se escuchaban las quedas voces de los soldados que hacían guardia.
          Se mordió los labios conteniendo un sollozo.
          ¿Qué había sido aquello? ¿Qué se avecinaba? ¿Qué horror de sangre y escamas estaba por venir? Sólo podía pensar en serpientes, enormes serpientes con garras y colmillos que llenaban el aire.
          «Tres de seis. Tres de seis —repitió una y otra vez para sí misma—. ¿Qué significa eso? ¡Oh, Dioses! ¡Oh, Hyrthe! Sé que ya no soy nada para vos, pero os ruego piedad. Tened piedad de mí. No me atormentéis con más sueños que no puedo interpretar. Pero, sobre todo —vaciló y cerró los ojos, aunque era consciente de que aquel gesto resultaba del todo innecesario para ella—, os suplico que tengáis piedad de aquellos cuya sangre se vierte en esos canales. Apiadaos, por favor, de su dolor.»


          Hacía ya un día que la paloma surcaba los cielos de Bakán. Había batido las alas en medio de la calma y se había refugiado en lo peor de la tormenta que había azotado las montañas. El frío y el viento poco significaban para ella más allá de impedirle volar, obligándola a guarecerse, pero habían retrasado su viaje. Por fortuna estaba ya cerca de su destino. En breve las blancas torres de Ossián asomarían por entre las montañas y los fértiles valles sustituirían los afilados e inhóspitos picos de las Lalse. Ansiaba su palomar, el lugar donde habría comida y la acunaría de nuevo el suave arrullo de sus compañeras.
          En una de sus patas viajaba con ella un pequeño mensaje garrapateado a toda prisa en la Gran Casa de los Videntes de Hyrthe. La paloma no lo sabía, pero todo el santuario se había despertado en medio de la noche entre gritos de consternación, que luego se habían tornado en aullidos de terror cuando la comprensión del Sueño los había golpeado al amanecer, en el momento en que los primeros rayos del sol brillaban sobre el Valle de los Dragones de Cristal, como fuego sobre diamante.
          Los dragones iban a despertar, se alzarían de sus lugares de sueño como una plaga y colonizarían de nuevo los cielos. Sus alas oscurecerían el día y caerían sobre la tierra. Una nueva era llegaría al mundo. Para bien o para mal. Todo comenzaría con seis, el resto los seguiría. Tres ya habían despertado.
          La Búsqueda había sido iniciada.
          La Gruta Oscura refulgía bajo tierra.
          El Agua se derramaba desde las montañas.
          Muy pronto, el Cristal brillaría, la Luz volvería a alzar sus alas y la Plata destellaría de nuevo.
         Ese era el mensaje que viajaba atado a la pata de la paloma. Los dragones iban a volver. El reino tenía que estar preparado porque, de lo contrario, estallarían el caos y la locura, el miedo se apoderaría de la gente y se extendería por todo Bakán como un incendio que tal vez no podría ser sofocado. Y llegaría en el peor momento, en medio de la guerra y en medio de las revueltas que asolaban el Sorn. Por eso era tan importante el mensaje que portaba la paloma. En la capital, esperaban los videntes, alguien recogería el pergamino y se lo haría llegar al príncipe, y éste al rey y a la reina Areshienne.
          Pero cuando finalmente la pequeña ave descendió sobre Ossián, sobre la ruina, sobre los muertos y las cenizas, no había ya nadie en el Castillo del Dragón que pudiera recoger su advertencia.


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